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Otra vez el petróleo

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Alfredo RÍOS CAMARENA

 

La historia del desarrollo capitalista está marcada por el apetito voraz de la apropiación de los energéticos, con el propósito de concentrarlos en empresas trasnacionales que han sido los buques insignia de la concentración —grosera y enfermiza— de la riqueza, que hoy padece el género humano.

En México, el hito histórico que marca nuestra independencia económica lo constituyó la expropiación de la industria petrolera, que realizó el general Lázaro Cárdenas en 1938, a partir de entonces existe una presión para privatizar nuestra riqueza energética.

En el pasado reciente, durante la LX Legislatura del Congreso de la Unión un pequeño grupo de diputados federales priistas nos opusimos a las reformas de Felipe Calderón, que intentaron, una vez más, la reforma que rompiera la protección constitucional de las áreas estratégicas; entre estos diputados figuraron Carlos Rojas Gutiérrez, el general Roberto Badillo Martínez, Beatriz Pagés Llergo Rebollar y quien esto escribe.

En este sexenio, finalmente se realizó la reforma energética con el propósito de obtener mayores recursos para el desarrollo y, ante la falta de capacidad técnica —así se dijo— se modificó el artículo 27 constitucional, en su párrafo séptimo, que a la letra dice: “Tratándose del petróleo y de los hidrocarburos sólidos, líquidos o gaseosos, en el subsuelo, la propiedad de la Nación es inalienable e imprescriptible y no se otorgarán concesiones. Con el propósito de obtener ingresos para el Estado que contribuyan al desarrollo de largo plazo de la Nación, ésta llevará a cabo las actividades de exploración y extracción del petróleo y demás hidrocarburos mediante asignaciones a empresas productivas del Estado o a través de contratos con éstas o con particulares, en los términos de la Ley Reglamentaria. Para cumplir con el objeto de dichas asignaciones o contratos las empresas productivas del Estado podrán contratar con particulares. En cualquier caso, los hidrocarburos en el subsuelo son propiedad de la Nación y así deberá afirmarse en las asignaciones o contratos”.

Claramente, se establece que no habrá concesiones, pero en el fondo, el carácter de varios de los contratos que se han otorgado es de concesiones y, por lo tanto, son inconstitucionales. Podría ser aceptable que la explotación de aguas profundas requiriera el otorgamiento de contratos a empresas privadas, pero de ninguna manera los campos petrolíferos de reservas probadas, en donde Petróleos Mexicanos ha demostrado tener la capacidad técnica y operativa para explotarlos.

El TLC es una forma de blindar la privatización del petróleo. En este tema fundamental para México, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador está obligado a ser extremadamente cuidadoso y aplicar la mencionada reforma constitucional con enorme cuidado. Simplemente recordemos que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, en la campaña presidencial dijo que “votaría por aquel candidato que revirtiera la reforma energética” y, hace pocos días, su hijo Lázaro Cárdenas Batel aceptó el cargo de jefe de asesores del presidente electo.

Detener la marcha del desarrollo empresarial del capitalismo no es el objetivo, sería imposible, pero sí regularlo y graduarlo en bien de los objetivos fundamentales de nuestra historia y de nuestra Constitución.

Mucho cuidado con lo que significa este tratado —trilateral o bilateral— que, si bien impulsa el crecimiento económico y la creación de empleos, implica el menoscabo de las funciones regulatorias de un Estado que tiene la obligación de defender la soberanía y la distribución de la riqueza.

En este tema contrasta la declaración en nuestra embajada en Washington, del negociador-observador —nombrado por el presidente electo— Jesús Seade, quien ha llevado su misión con capacidad y responsabilidad, con los negociadores Luis Videgaray e Ildefonso Guajardo; sin embargo, cuando se refirió al tema energético, dijo que “solo se cambiaron palabras en el texto, pero el espíritu seguía siendo el mismo”; por su parte, el presidente electo lo tomó como un éxito, porque se reconoció la soberanía de México sobre el petróleo.

Sin embargo, debemos tener cuidado con las trampas técnicas hacia el futuro inmediato.

 

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